Quería explorar todas las versiones en el río Estigia.. Para seguir ruta, preguntó a unas elegantes chicas pero..., debían ser mudas... no contestaron . Algo descorazonada se dirigió a una violinista que se concentraba en tocar un Stradivarius sin cuerdas, y de nuevo la callada por respuesta… Al fin, unas caras entre la niebla, le aconsejaron saltar a otra isla.
Había anochecido y se dirigió hacia donde sonaban las teclas de un piano. Su corazón se agitó con el pensamiento de que fuera el mismísimo S. Rachmaninov; pero no, no era el compositor de tan bella sinfonía. Los cabellos delataron a quien tocaba. Sin duda, era aquella niña nacida de la pluma de García Márquez a quien le seguía creciendo el pelo después de muerta… ¿sería por amor o por algún que otro demonio suelto?.
No pudo seguir peregrinando. Un árbol hembra de la noble estirpe “Haya de Holanda”, le advirtió del peligro que corría ¡Caronte venía a por su alma!. La tronca, en un esfuerzo metafísico, alzó una de sus enormes ramas indicándole la ruta de salida.
A salvo, Oteaba Auer, se siente en deuda con su redentora. Ha pensado que cuando regrese a la Eternidad, le llevará un saco de abono para que de sus hojas marchitas florezcan tulipanes.










